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En Buenos Aires se casa con Zulema Palomieri, con la que tendría una hija: Lucila.
Sin embargo, su estancia en la capital rioplatense no se prolonga demasiado y en 1938 llega a París, donde entabla relación con artistas e intelectuales peruanos. Durante ese mismo período, en una reyerta de la que existen varias versiones, recibe una cuchillada que marcará su rostro.
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Como a tantos otros, la II Guerra Mundial lo aleja de Europa y en 1940 vuelve a Lima con Claudine Fitte, argentino-francesa que tendría una gran influencia en esos años aún formativos del artista. Con ella vive entre Lima y Buenos Aires, ciudad donde asiste a las clases del pintor Emilio Pettoruti. Estas clases constituyen la única educación artística formal de que se tenga noticia.
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Hacia 1946 se separa de Claudine y establecido en Lima, se convierte en uno de los grandes animadores de la activa vida bohemia limeña de los 50.
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Retratos, paisajes, cristos y santa rosas se van transformando en explosiones de color trabajadas con una espátula, el mango del pincel o, incluso, los dedos y las uñas.
Su paso por locales públicos queda señalado por murales, manteles y servilletas usados como lienzos, pedazos de papel, vales y menús.
La intensidad de su vida, paralela a la de su obra, va consumiéndolo
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y en julio de 1961 fallece a la temprana edad de 47 años. Ese mismo año, el Instituto de Arte Contemporáneo organiza una exposición homenaje.
Hoy, a casi cuatro décadas de su muerte, el paso del tiempo no ha conseguido borrar de la memoria colectiva la figura del que un día se definiera a sí mismo como "un príncipe paraquense".
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